Allí se depositaban los cuerpos descompuestos de las vacas que iban muriendo en la estancia y quedaban fermentando al aire libre, siendo el manjar de los carroñeros. El olor siempre era nauseabundo, pero el hedor se transformaba en insoportable cuando el arroyo desbordaba y hacía de aquel terreno una laguna de aguas podridas donde flotaban los pedazos de animales muertos.
Por esa razón, en el casco de la estancia que una vez fue el fortín De Las Calaveras, en la vieja línea de defensa contra el indio, el viento norte siempre soplaba fétido.
Lo peor de todo en este lugar perdido en el mundo, ocurría cuando las aguas de la crecida del arroyo bajaban y dejaban un barreal de carne y huesos hediondos. Cuando esto pasaba, todos en la estancia sabían una regla: “el animal o el humano que cayera en el barreal del cementerio de las vacas, se enterraría sin remedio en el barro y la descomposición, y moriría inevitablemente atrapado”. La advertencia a todo forastero que viniera a cazar o a pescar en el arroyo era siempre la misma: “guarda cuando llega al monte, no se vaya a meter en el barreal podrido antes del arroyo, porque se va hundir y va a desaparecer allí adentro”
Para los que se criaron en la estancia, era uno de los lugares más temidos por las criaturas y todo el mundo sabía que podía tragarse todo lo que en él cayera…
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Denis pisaba los 32 años y vivía en la ciudad donde trabaja en un mono-ambiente del centro. Durante su vida no había podido resolver un tema que para el resto parecía fácil o al menos accesible. Vivía en soledad y más aun en la soledad afectiva de no tener alguien al lado. Sus intentos se sucedían como una colección de fracasos que se agotaban en meses.
Así estaba esa tarde de sábado cuando le propusieron un encuentro por chat y después de unas horas de sexo casual y ardiente, la propuesta fue volver a verse pero sin compromisos.
Desde ese día todos los días había un mensaje de texto en su celular, que entraba como respuesta a uno anterior despachado, invitando a revivir un momento de desahogo de la libido. No debía haber afectos en el medio, simplemente encuentros que se agotaban en saciar el placer.
Distaba de ser lo que siempre buscó, pero era lo que había. Es que cuando no hay nada de lo que se desea, eso que se le parece se valora, aunque sea un vacío. Muy en el fondo de ese vacío había una ilusión, una esperanza en cuanto a mudar esa situación hacia la deseada. En eso se justificaba la permanente preocupación por perpetuar los encuentros.
En esas estaba cuando comenzó a descubrir que su papel era el del oficio de ser un amante. Eran eso; amantes y cada encuentro terminaba teñido por la sospecha de ser el último. No había una promesa de volverse a ver, había tan solo una pregunta en su lugar: “¿la pasaste bien?” y era la respuesta afirmativa la que alimentaba la esperanza de volverse a ver. Conseguir esta situación llevó a que Denis pensara que debía aprender reglas, principios que orientaran su actividad para ser un amante lo suficientemente bueno y que dejara instalado el deseo de una vez más en su “partenaire sexual”.
A esa conclusión llegó durante la segunda semana, después de un encuentro donde su partenaire le confesó que había estado buscando conocer alguna persona en esos días, pero como no había conseguido a nadie debió recurrir a Denis.
La angustia al escuchar eso avasalló cada rincón de su espíritu buscando extinguir la pequeña ilusión que alimentaba los encuentros. Tanto resonó que no le dejó posibilidades de reaccionar. Ese día regresó a su casa con un gran pozo adentro, un gran hoyo que era recorrido por un viento frío y áspero que lastimaba sus paredes al rozarlo.
Cuando entró a su casa pensó qué debía ser un buen amante a pesar de todo y después de un rato, y para asegurarse de recordarlo, escribió en un papel la primera regla que debía obedecer y la pegó en el espejo donde diariamente se reflejaba. Esa regla decía: “Un amante sabe que no es único en la cama de su partenaire”.
Esa sería su garantía para cumplir con la parte del trato que había asumido. Siendo bueno en lo que se había propuesto, los encuentros seguirían y si continuaban en algún momento podría darse la posibilidad de encontrar lo que su ser tanto anhelaba. El cariño iría surgiendo con el tiempo, el afecto surgiría de comprobar que valía la pena, sólo era necesario hacer bien las cosas.
La segunda regla apareció al día siguiente, cuando el encuentro pautado fue cancelado por una invitación al cine que surgió a último momento. Denis, sin otros planes, nuevamente se paró frente al espejo con otra regla: “un amante sabe que es deseado solamente por momentos”.
Así siguieron originándose nuevas reglas que fueron cubriendo de a poco el espejo. Había muchos papeles. Uno de ellos, inspirado en un día en que vio en la casa de su partenaire un regalo preparado para alguien con quien esa noche iba a salir a cenar, decía que “un amante no espera cenas, regalos, paseos, cumplidos ni antenciones”. Llamaban la atención otros dos. Uno que decía: “un amante siempre está disponible, preparado, resplandeciente y listo para satisfacer” y lo había escrito después de una madrugada, cuando acudió luego de un llamado que el partenaire le hizo al regresar de una fiesta con ganas de sexo y bajo los efectos del alcohol. Ese día, Denis ya dormía y debió cancelar compromisos hechos para el día siguiente a fin de poder acudir a la cita. El otro lo escribió después de una charla que habían tenido los dos, donde le había dicho que le caía bien, pero que no buscaba nada más de lo que tenían hasta ese momento. Esta regla decía: “un amante sabe que nunca habrá nada a cambio”.
Eran muchos los papeles. Casi ya no había posibilidades de reflejarse en ese espejo que solamente ofrecía las claves, las reglas, el precio para poder mantener la continuidad de esos encuentros. Quedaba solamente un huequito en el espejo, que tal vez empezaba a presagiar algún tipo de definición para todo esto.
Fue un sábado a la noche, donde los dos coincidieron en el mismo lugar donde fueron a bailar. Denis al darse cuenta que estaba allí, fue a su encuentro y quiso darle un beso. La reacción de su partenaire fue darle un empujón muy fuerte a la altura del pecho, decirle un “esto ya fue, andá” y marcharse con otra persona.
En ese momento el viento áspero y frío que corría por el vacío del alma de Denis, alcanzó la ilusión que se ocultaba en su interior y arrasó con ella definitivamente. Al llegar a su casa, tomó como las otras veces un papel y escribió la regla que aprendió ese día: “un amante sabe que no lo quieren ni va a ser querido”. Cuando pegó este último papel, notó que el espejo quedó tapado en su totalidad, pero además, se dio cuenta que ya no tenían sentido las reglas porque no existía más la razón para cumplirlas.
Fue entonces que exhaló el viento áspero y frío de su interior, y ese aire que raspaba tenía el mismo aroma que el barro del cementerio de las vacas.
En la madrugada del domingo, recordó las reglas que todo el mundo sabía en la estancia donde había crecido. Rememoró muchas veces que todos decías que lo que fuera arrojado al barreal desaparecía y no volvía más. Notó además, que hacía un mes había terminado la temporada de lluvias que hacía rebalsar el arroyo y que siendo junio el barreal estaría justo para tragar lo que fuese. Pensó entonces si ese lugar, que era capaz de fagocitar animales enteros, podría tragarse el vacío que sentía en ese momento y concluyó que sí.
Ese domingo no salió de su departamento del centro. Cuando se acercó la noche, se vistió con sus mejores ropas, imaginando que iba a un encuentro, tomó su auto y marchó rumbo a la estancia donde había crecido. El resplandor de la luna sobre los huesos que flotaban en el barreal podrido le hizo reconocer el lugar. Llegó con su auto hasta una alambrada y desde allí caminó hasta el lugar.
Parado frente al barreal del cementerio de las vacas, sintió una vez más su vacío, repasó las reglas una por una, supo que las había cumplido muy bien y que era un gran amante. Incluso a la última que escribió. Pensó que nadie ya en el mundo lo quería, ni siquiera a sí mismo se quería. Escuchó el viento entre los chañares del monte y comenzó a enterrarse en barreal hasta desaparecer.
La muerte de Denis fue sospechada por el auto que quedó en la alambrada como a cuatro potreros del cementerio de las vacas. Igualmente su cuerpo no se encontró nunca en el barreal.
A raíz de la desaparición, se ordenó revisar todo su departamento. Allí sorprendió el espejo lleno de papeles con las reglas. Quien más se sorprendió fue uno de los oficiales designados en esta investigación al darse cuenta que el desaparecido era la misma persona que hasta el sábado anterior había sido el mejor amante de su vida.
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