viernes, 3 de junio de 2011

Apophis



Jacques B. de Molay tenía razón en sus juramentos del viernes 13 de octubre de 1307. Se veía venir…

La Madre como de costumbre arrojaba llorando sin parar advertencias sobre la tierra. Sin embargo, seguía sin ser escuchada. A la larga, sus recomendaciones se perdían en un manojo de supersticiones que no lograban el propósito que motivaba sus desvelos.

Mientras tanto, Él caía en una nueva crisis afectiva y, con un ataque de incontrolable demanda de amor, caminaba con las manos cruzadas sobre el pecho lamentándose sin parar. La inestabilidad anímica era una suerte de laberinto del que sólo se podía escapar rompiendo las paredes.

Sin consuelo y harto de hartazgo, se lanzó de una vez por todas a la destrucción de quienes no le correspondían. Un terrible trueno sacudió la faz de la tierra y desde allí una oscuridad impenetrable unida a un feroz terremoto demolió todo en exactos 17 minutos.

Años de civilización se redujeron a polvo. Todo el hemisferio sur fue aplastado por el impacto de un cuerpo que surgió de la nada. El resto, fue quedando sin oxígeno de modo que los cuerpos se inflaron como globos y comenzaron a explotar salpicando de restos los escombros que habían quedado del impetuoso temblor.

La Madre, en vano, trató de interceder para detener el desastre irreversible. Lloraba y suplicaba frente a un ser descontrolado que descargaba la furia de su despecho, sobre los atónitos seres creados que corrían en busca de un auxilio inexistente.

Él se justificaba diciendo que ya no lo soportaba. A gritos reclamaba ser tenido en cuenta al menos por alguien. Había sido olvidado. La correspondencia que creía asegurada al inicio de la creación, nunca se manifestó. Le dolía la ingratitud de brindarse y solamente encontrar indiferencia. Se sentía fuertemente despreciado. Ese era el combustible inagotable de su ira destructora.

Bastaron breves y concretos 17 minutos. La descarga de dolor acumulado hacía que los dientes se quiebren en un interrumpido rechinar. Habían desparramado. Ya no había piedra sobre piedra. Las almas, separadas de los cuerpos, se desvanecían en gritos de desgarro fulminante.

El estrépito de la destrucción sumió la inmensidad de un silencio demoledor. Ya nadie respiraba. El polvo comenzó a reposar lentamente sobre los pedazos de todo lo que fue. En ese instante posterior, Él y La Madre se vieron solos. Completamente solos.

_“Nunca pensé que llegarías a esto” – Dijo La Madre con la cara llena de polvo y el surco de las lágrimas derramadas sobre sus mejillas.

_ “Yo quiero amor, nada más… Yo tengo amor para dar… ” – Dijo Él sentado sobre los escombros de alguna construcción ya irreconocible.

_”Yo te amo” – Sollozó La Madre.

_”No me alcanza. Quiero otro amor. El de ellos. El que nunca me dieron” – Gritó Él con las pocas fuerzas que le quedaban y salió corriendo entre los desechos.

_”Ya no están para amar. Ya no pueden amar a nadie porque no existen” – Susurró La Madre como sentencia definitiva e irrevocable.

Entrando en desesperación, dejó atrás a La Madre y se dedicó a correr sin sentido. Pensó que donde estaba ya no existía el tiempo, la pena, el ardor, la opresión, el dolor, ni el amor... ¿Estaba quizás más solo que antes? Lo rodeaba la nada. A cada bocanada se preguntaba si el impulso destructor había contribuido en algo. Nunca se había imaginado que la ausencia de respiración produjera tanto silencio.

En medio de un paisaje desolador, descubrió la tumba de Ella. Los temblores la habían sacado del escondite en que permanecía desde hacía milenios. Fue un espectáculo que le martilló impiadosamente el corazón. Experimentó de golpe la reminiscencia del tiempo en que intentó amar a una persona en particular y tampoco lo logró. Revivió la sensación de privación que lo había invadido en aquel momento de entrega. Algo tan simple como amar y ser amado, tan común a todos, le estaba privado. Con esos recuerdos se desplomó frente al sarcófago ancestral de Ella y rompió en un llanto estremecedor.

Nunca la había olvidado. Permanecía inscripto a fuego en su ser aquel momento en que Ella lavó sus pies con perfumes y los secó con sus cabellos.

Sus lágrimas al caer, golpeaban el suelo como granizo de verano. La imagen de desolación era casi total.

Fue entonces, cuando un estampido volvió a estremecer el mundo. Era El Otro, que llegaba ofuscado por el desastre que la angustia anímica de Él había provocado.

Ni bien lo vio, desparramado sobre una pila de piedras polvorientas y la mirada perdida en una contemplación de lo irremediable, se le abalanzó con furia reclamándole una explicación.

_“¿Qué es este desastre? Este no era el acuerdo.” – gritó El Otro

_ “Mi corazón no aguantó” – dijo Él sin parar de llorar.

_ “¿Y ahora? Nos quedamos solos en esta inmensidad. Tu debilidad lo destruyó todo. ¡Malditos sean tus impulsos afectivos!”

_ “Es preferible así. Si no me iban a amar, para qué me sirven” – mientras la resignación cubría la mirada de Él.

_ “Por fin te das cuenta. Por fin tu vanidad afloró y mostraste tus verdaderos sentimientos. Eso es el amor; querer ocupar el centro en la vida del otro. Ser tenido en cuenta a cada instante. Ser lo más importante, lo fundamental… El amor es el mejor disfraz del egoísmo. “Amaos” es en realidad el aullido egocéntrico de un rotundo “ámame con la mayor fuerza que seas capaz”. ¿Quién mejor que Saulo para decirlo? ¿Ves? No somos distintos. Los dos queríamos lo mismo; qué nos amen y que mueran por nosotros si fuera necesario. Pero esas creaturas siempre nos fueron semejantes, incluso en este deseo de ser amados… Nuestra diferencia es que yo siempre lo supe y no me dediqué a buscar su amor.”

_ “Pues ahora no volveremos a sentir semejante impulso. Sobrevolaremos la nada como en un comienzo. Ya no existe el peligro de volver a amar, porque ya no hay un destinatario para nuestro amor. La destrucción inaugura un momento sin amor, sin dolor, sin fin…” – aseguró Él contemplando el desastre.

_ “Veamos cuánto resistís sin alguien que te adore. Voy a quedarme esperando y viendo como tu lamento surca la inmensidad reclamando el reconocimiento que nunca te alcanzó” – diciendo esto El Otro fue desvaneciéndose lentamente.

Él no le dio demasiada trascendencia a las amenazas de El Otro. Miró una vez más la tumba de Ella. Con un gesto de abatimiento se puso de pié y con un andar parsimonioso se marchó. No tenía donde ir. Caminaba despreocupado. Ya nadie podía descubrirlo, porque nada existía. Deambularía sobre la noche sin fin por siempre, o hasta decidirse a dar otra oportunidad.

La Madre, lo contemplaba desde la lejanía. Sintió lástima por Él. Una vez más la invadía el desasosiego. Pensó en el corazón ultrajado y doliente de Él. En sus sentimientos no correspondidos, en el desagravio que nunca fue totalmente sincero, en el padre de Él que nunca estaba del todo presente, en la historia que nunca nadie creyó sobre su embarazo… En el sentido de todo lo que había pasado… Con esas cosas en su corazón, lo siguió en su errante divagar sin fin…




"I could be brown
I could be blue
I could be violet sky
I could be hurtful
I could be purple
I could be anything you like
Gotta be green
Gotta be mean
Gotta be everything more
Why dont you like me?
Why dont you like me?
Why dont you like me without making me try?"


(Mika)

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