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Desde el momento en que anunciaron el matrimonio, la noticia no pasó desapercibida para ningún medio de comunicación. El casamiento “de la pareja despareja” tuvo cobertura hasta en medios brasileros. Los excéntricos novios ocuparon el living de los programas más taquilleros de la televisión. Lo mismo ocurrió con la subsiguiente luna de miel en Río de Janeiro.
Esta última sin embargo, se vería interrumpida por una descompensación en la salud de Adelfa. Desde entonces su estado no mejoró. De vuelta en Santa Fe fue internada de urgencia en un sanatorio donde, según su joven marido, “solamente podía esperar un milagro”. El 22 de octubre pasado, después de 24 días de casada, Adelfa murió por un accidente cerebro vascular (ACV) que la sorprendió en medio de la noche.
Desde entonces la historia pasó a engrosar el cúmulo de relatos urbanos de esta ciudad con todo tipo de aditamentos. Quien la cuenta tiene su propia hipótesis. Fue por dinero. Fue por amor y el amor no tiene límite de edad. Gerontofilia. Matronolagnia. El pago de un favor. La herencia para la persona correcta. El aprovechamiento. El delirio. Una locura. El deseo por los “cinco minutos de fama”. “Todo está cumplido”. La excentricidad. Un gustito antes del fin. La oportunidad para salvarse. Compasión. Gratitud. Resistencia.
El relato de ficción que sigue no se inspira en Adelfa y Reinaldo, sino sólo en una pareja con 58 años de diferencia que podría ser cualquiera. No es la historia de estos dos sujetos, más bien responde a una “ficción que se justifica por la ficción misma”. De manera que, cualquier semejanza con la realidad correrá por vuestra propia imaginación.
Micosis del deseo
Irene arrastraba una historia de postergaciones encadenadas. En su casa del barrio María Selva, transcurrían sus días de docente jubilada en el completo abandono de lo que un día fueron sus familiares. Era la segunda hija de un matrimonio de la clase media de los sesenta al que había cuidado hasta su muerte. Una vez ocurrida, heredó la casa donde vivía con una aprobación a regañadientes de su hermana mayor Felicia.
Felicia había hecho su vida, tenía esposo y dos hijos. Ninguno de ellos se detuvo en la soledad de Irene luego de la muerte de sus padres.
Seguramente ese aislamiento de cariño y contención de los suyos, la llevó a aceptar a Fernando como pensionista en su casa. Fernando era hijo de Estela, una de sus colegas docentes de la escuela de Monte Vera donde Irene enseñaba. Estela era madre soltera y fue quien personalmente habló con Irene para que recibiera a su hijo en casa.
Fernando era un chico de 21 años que evidenciaba a cada momento la falta de un padre en su crianza. Con un aspecto tímido y desprotegido, llegaba a Santa Fe para estudiar música en la universidad. Poseedor de una sensibilidad angelical tenía una predilección por el arte que lo abstraía de las tareas concretas de la vida cotidiana.
En los primeros tiempos de convivencia con Irene la relación era bastante distante. Fernando pasaba mucho tiempo en su habitación y en los momentos en que se cruzaban permanecían callados sin decirse nada. El tiempo pasó lentamente hasta que comenzaron a construir un vínculo más fraternal.
Colaboró en esto la muerte de la madre de Fernando más o menos a un año y medio de estar viviendo en Santa Fe. Este hecho desgraciado, los acercó y creó entre ellos una relación de contención mutua. También por entonces, quizás porque la relación con Irene era un poco más flexible, Fernando comenzó a romper su aislamiento con el mundo y se acercó a gente que compartía sus gustos.
Fue justamente en esos tiempos de extroversión en que la mirada de Irene se posó sobre Fernando con ojos hasta ese momento insospechados. Siempre en su cabeza sonó a una locura, pero aun así no podía controlar sus pensamientos. En una oportunidad, convencida de un acto pecaminoso, habló con su confesor sobre sus sueños eróticos. Pero los rezos penitenciales no pudieron hacer casi nada.
Una neumonía que afectó a Irene, le hizo descubrir el costado tierno del chico. Otras veces cada vez que se enfermaba se las tenía que arreglar sola. ¡Qué bien que se sentían los cuidados de otra persona en esos momentos! ¡Qué necesario tener esa persona que le alcance un vaso de agua cuando estaba en cama! Desde entonces lo aceptó en su casa como ese amigo que hacía más liviana las cargas de la vida. Fernando por su parte, también desarrolló un cariño particular hacia aquella anciana que lo contenía y mitigaba la falta de su madre con sus gestos tiernos. Los dos eran almas solas que se habían encontrado.
Todo parecía de maravilla hasta que apareció Aldo. Fernando lo trajo a casa como un amigo. A Irene desde un principio no le gustó nada.
Aldo vendía artesanías en la plaza Puyrredón. Tenía el mismo estilo de vida de los bohemios que frecuentaba Fernando, aunque con un carácter mucho más determinante, mas decidido, más varonil. Con el tiempo Fernando fue pasando más tiempo con él, era común que se quedara a dormir en casa de Aldo, hasta que un día habló con Irene para que Aldo viniese a vivir con ellos.
Irene no quería, pero terminó aceptando por temor a ser abandonada por Fernando. Se había aferrado mucho a ese chico, él la cuidaba, la tenía presente, la acompañaba, generaba esa atracción que no entendía y de la que no se podía hablar. Desde un primer momento Aldo fue un estorbo para Irene e Irene un estorbo para Aldo.
Fernando y Aldo compartían la habitación. Era casi indisimulable que algo pasaba entre ellos. Irene fue dándose cuenta de a poco. Un día, ante su sorpresa, Aldo cambió sus camas individuales por una cama matrimonial.
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Ni al día siguiente, ni en los próximos dijo nada. Simplemente lo aceptó bajo su techo y cada tanto se dedicaba a espiar las prácticas amatorias de sus inquilinos, aunque después no llegaba a discriminar los sentimientos de ansiedad y culpa que desarrollaba. Nunca se animó a contárselo a nadie, ni siquiera a su confesor.
Las cosas transcurrían con Aldo y Fernando sobre la cama e Irene detrás de una hendija noche tras noche. Hasta que un día Irene tuvo su primera descompensación. Una arritmia la llevó directo al hospital.
Fernando se ocupó desde un primer momento, hasta se encargó de hablar con los sobrinos de Irene, quienes aparecieron en el hospital y no vieron con buena cara la presencia de Fernando y Aldo en el entorno próximo de su tía.
Irene regresó a su casa con una serie de estrictas recomendaciones médicas. Su salud no estaba nada bien, el achaque de los años se hacía sentir sobre su cuerpo. Desde ese momento las ideas serían mucho más claras para todos.
Los sobrinos que desde entonces comenzaron a visitar a su tía, vieron con peligro la presencia de los inquilinos en la casa de sus abuelos. Eran ocupas que habría que sacar de allí tarde o temprano.
Fernando experimentaba el lento alejamiento de otra de sus personas más cercanas.
Aldo veía con peligro la aparición de los sobrinos de la vieja. Algo habría que hacer y no quedaba mucho tiempo, de otro modo irían a parar a la calle.
Irene se disputaba entre el disgusto de aguantar a los interesados de sus sobrinos y la frustración por la imposibilidad de poder materializar sus deseos ocultos.
Quien mejor leyó la situación fue la mente hábil de Aldo. Él fue quien pergeñó el plan y se lo fue metiendo de a poco en la cabeza a Fernando. Si la vieja moría seguramente los sobrinos los echarían de la casa. Por otra parte, Fernando era el único que se había ocupado de Irene todos aquellos años. Además, ahora más que nunca necesitaba de alguien que la cuide. Sería un intercambio de favores. Nadie más que Fernando, nadie más que ellos, se merecían la casa de Irene. Con este fundamento, se lo ocurrió la idea de casar a Fernando con la anciana. Tantos años de convivencia explicarían la unión.
En un principio Fernando lo interpretó como una locura inadmisible, pero con el tiempo lo entendió. La dependencia afectiva de Fernando lo hacía completamente vulnerable a los pedidos de Aldo. Algo similar le sucedía a Irene, quien también lo veía casi antinatural pero al final terminó aceptando la propuesta de su Fernando. Después de todo, era preferible dejarle todo al joven que la había cuidado los últimos años antes que a sus sobrinos que aparecían ahora cuando estaba por morir.
Puestos de acuerdo comenzaron los preparativos para la extraña boda. Irene reunió a sus sobrinos para contarles y ante la incomprensión los echó de su casa. La noticia de la unión no tardó en hacerse famosa y el día del casamiento hasta periodistas había en el lugar para cubrir el excéntrico evento.
En el ocaso de sus días, Irene dejaba su soltería de la mano de un joven. Los comentarios eran interminables, pero nadie imaginó los hechos que siguieron.
Irene se preparó con todos los aditamentos que en su conciencia respondían al estereotipo de mujer pecadora. Era su oportunidad de por fin merecer y estaba dispuesta a cubrir todos los detalles que fuesen necesarios.
Esa noche se dibujaron los antónimos del tiempo humano dentro de aquel imparable cuadro de sexo sin edades. Las flácidas carnes de Irene se bamboleaban y estremecían en la arremetida sexual de las turgentes carnes de sus amantes. Nunca había sentido un orgasmo, ¿tal vez sería aquello?
Irene quiso prolongarlo todo lo que pudo, pero la agitación de su viejo cuerpo puso un coto. De pronto todo se volvió blanco. La arritmia, sobre la cual le advertían severamente sus médicos, puso fin a sus propósitos carnales y nuevamente marchó a un hospital.
A la mañana siguiente despertaría en una sala de terapia intensiva, al margen del bochorno de las noticias que proclamaban la internación en urgencias de la anciana que se casó con un joven.
Durante las dos primeras noches, Fernando su joven esposo, hizo guardia junto a su cama. La tercera noche Aldo quiso ocupar ese lugar. La oscura presencia de los sobrinos de Irene vigilaba la evolución de su tía.
En medio de la noche, una interrupción de los aparatos a los que permanecía conectada, provocó una descompensación de su estado, que luego de dos horas terminó con su vida.
Después de su entierro no se volvió a saber de su joven marido Fernando y su amante Aldo. Hoy la casa de Irene, en el barrio santafesino de María Selva, se encuentra en venta.
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