“Una no se enamora de géneros, sino de personas”
“Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó para sí misma”
Con ese aliento se lanzaba a trabajar la calle desde el día en que decidió tener un par de pechos mucho más grandes que su esposa. En ningún momento se arrepentía de su decisión, no existía en su ser el remordimiento por la mujer y el niño abandonados en pos de una nueva vida. Sin embargo, el pasado es un estado destinado a regresar y de esto no hay escapatoria posible sobre la faz de la tierra.
Lo experimentaría su carne ese mismo día. La esperaba un encuentro con un cliente de costumbre, que hasta le resultaba agradable, no como tantos viejos repugnantes que le proponían todo tipo de excesos a cambio de dinero. Su vida no había sido fácil, las operaciones para mutar su cuerpo, la prostitución como única alternativa, el desprecio de muchos, los atropellos de otros, la subvaloración de su naturaleza humana tan constante, tan condenatoria, tan crudamente injusta y vejatoria. Aun así era lo que quería ser… eso era todo lo importante.
Cuando llegó, su cliente ya la esperaba en la puerta del lúgubre departamento de pasillo que usaba para atender. Era un chico normal, como de 20 años, “con gusto por las travestis y su sorpresita” pensaba ella. La normalidad del encuentro no presagiaba nada de lo que el destino tenía preparado. Simplemente un pene había entrado y salido entre un par de nalgas en el contexto de una parodia de tremendos deseos de sexo satisfechos.
El giro terrible que rompió la cotidianeidad se generó a partir que el muchacho se quedó dormido sobre aquella cama cansada y ella quiso averiguar la identidad de su fiel usuario. Con la billetera del muchacho y el carnet de conductor entre sus manos, comprobó que aquel joven que demandaba sus servicios no otro sino su propio hijo. Aquel que había dejado en su pasado, el mismo que creía enterrado desde que sus tetas fueron más grandes que las de su esposa.
Maldito pasado que se empeñaba en no abandonarla. Habiendo tantos maricones del culo en el mundo justo debía de tocarle ese. No pensó en huir de la escena, pero sí en ponerle fin. La muerte la liberaría para siempre de las posibilidades de retornar.
El filo de un cuchillo, que guardaban para defensa de quienes trabajaban en ese departamento, le ofreció la respuesta. Lo tomó con su mano derecha y como el más efectivo de los verdugos ejecutó la sentencia de su razonamiento. Con la frialdad de un carnicero medieval, degolló al muchacho. La sangre inundó la mugrienta cama. El chico, ni siquiera pudo hablar, tan solo su cuerpo reprodujo unos temblores que anunciaron la evasión de los últimos suspiros de vida. Ella permaneció enajenada contemplando el brillo de la cuchilla y la sangre que no tardó en empaparlo todo.
Sin saber el tiempo que estuvo así, manoteó la cabeza del muchacho por sus cabellos y marchó hacia el domicilio que figuraba en el carnet que le había revelado su identidad. Su mirada estaba perdida en un horizonte inexistente y creado desde el resentimiento sin destinatario.
Caminó por las calles entre la llovizna de una madrugada destemplada sin que nadie la percibiera. Pendiendo de su mano izquierda, la cabeza del mutilado se balanceaba como un péndulo. Al cabo de unas horas estuvo frente a la casa del joven y sin demora tocó el timbre con la fuerza de quien sabe perfectamente lo que está haciendo.
Luego del tercer timbrazo, largo y estridente como los demás, una mujer apareció vestida con una bata de toalla color naranja y con signos evidentes de haber estado durmiendo. Solange permaneció inmutable, aun cuando comprobó que se trataba de su antigua esposa.
Ante el horror de ese cuadro, la mujer que abrió la puerta no dijo nada, simplemente se desmayó al momento en que Solange le arrojó sin titubeos la cabeza de su hijo junto a los pies.
Inconsciente de su filicidio pero creyendo haber destruido su pasado, se marchó por donde vino hasta desaparecer.
Nunca fue atrapada. “Solange: la travesti filicida”, como la apodaron los medios de comunicación pasó a la historia como un misterio no resuelto. Tal vez aun se encuentre huyendo de su pasado.
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