“Ese sentimiento inefable del cuerpo, que es el erotismo, está desapareciendo. La gente ya no tiene una mirada erótica, de complicidad. Esto provoca una obsolescencia muy fuerte y un terrible miedo a la finitud. No dejo de rescatar el personaje de Ulises, por mucho más que por su astucia. Ulises es el gran sobreviviente de Troya. Todos hacen su acuerdo con la eternidad, pero Ulises es quien aprenderá a envejecer.”
(Nélida Piñón, escritora brasilera, para el diario La Nación, presentando su último ensayo “Aprendiz de Homero”, aun no publicado en castellano, en la 34ª Feria Internacional del Libro – pensar que llegué un fin de semana antes y me la perdí)
El relato que sigue se inspira y emerge de una escena presenciada el viernes pasado cuando volvía de mi trabajo.
Había tomado el ómnibus de las 21:00 hs y en la hilera de enfrente venía una joven pareja con su hija de algunos meses. Durante la primera media hora del viaje, ambos venían jugueteando con su pequeña hija. Cada gesto de Martina, era festejado con entusiasmo. Casi como una sobre-estimulación que saturaba al resto de los pasajeros.
De repente el marido le dice algo como: “¡Qué nena caprichosa, no te aguanta nadie!”. La mujer reaccionó con un enérgico reclamo: “¡Ya te dije que a la nena no le digas esas cosas!”. “¡Es mi hija!”, replico él y sin más vueltas le dio una estridente cachetada a la mujer.
La niña siguió llorando sin ser atendida por nadie. La mujer comenzó a lagrimear entre sollozos que no podían disimularse en el silencio del ómnibus. Ninguno de los dos dijo nada más. Como a los 15 minutos, ella con firmeza le dio un largo beso. El resto del camino, los dos siguieron viaje apasionadamente abrazados.
Esa fría noche de viernes me quedé pensando en lo intrincado de las formas del querer. En lo que se acepta y en lo que no se tolera. En el mandato social de tener una pareja o un algo como contrapartida. En el status que eso da y en las cosas que exige como compensación. En el peso de este imperativo no escrito pero exigido. En todo eso…
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La placentera lógica del displacer
Germán era argentino, pero vivía desde hace años deambulando por Europa. No era un tipo más viviendo en las grandes ciudades del viejo mundo, era un ser con una forma particular de amar. No única, pero sí específica.
La base del erotismo estaba para él en el dolor de aquel a quien amaba. Desde siempre, incluso en el placer que sintió mientras veía que dejaba atrás a sus seres queridos el día en que abandonó la Argentina.
Sin duda, los laberintos de las metrópolis urbanas le habían dado el anonimato suficiente para perfeccionar su técnica del castigo en el amor.
Su primer gran ejercicio lo experimentó con Emir, uno de los primero amigos que consiguió a su llegada a Europa. Emir era pianista de profesión y conoció a Germán cuando este trabajaba en el mantenimiento de una sala de teatro.
Los unió la complicidad de quienes están solos. Germán atraía con sus silencios y su apariencia de ser confiable y confidente. Emir deslumbraba con sus sensibles interpretaciones y con su perseverante dedicación a la música.
El vínculo entre ambos creció y formó una amistad reconfortante. Fue allí cuando Germán no pudo ya desconocer más su llamado interno a conseguir dolor del ser amado.
Una noche, cuando Emir ya estaba por terminar su ensayo, Germán le propuso quedarse a cenar. Como siempre lo alentó a seguir tocando el piano, mientras él preparaba una improvisada mesa.
La cena transcurrió con la acostumbrada camaradería que existía entre ambos. Al final de la misma, Germán lo alentó a ejecutar alguna música distendida en el piano.
Emir se sentó con confianza y fue entonces cuando Germán con un certero hachazo sobre el teclado le rebanó todos los dedos de la mano derecha. Con un dolor intenso y contemplando con desesperación que ya no tenía dedos, Emir se arrastró por el piso dando gritos de espanto.
Germán no satisfecho, le hizo lo mismo con los dedos de la mano izquierda y luego lo desmayó de un golpe en la sien.
Cuando Emir despertó, se encontraba adherido en una banqueta frente a un piano con sus manos sin dedos sobre el teclado. A un costado del mismo, Germán se disponía a comer los dedos de su amigo en medio de un revuelto de frituras.
Desde ese día nunca más se vieron. Germán desapareció del teatro y al mes de ocurrido todo esto Emir se suicidó arrojándose desde la azotea de un edificio.
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La segunda gran historia de Germán tiene como contrapartida a una bailarina clásica. Estefanía asistía a ballet desde su infancia. La noche en que conoció a Germán quedó deslumbrada por las palabras que este le dijo.
Casi sin dudas comenzó a salir con él, sintiéndose en todo momento correspondida. Germán la acompañaba en cada una de sus presentaciones. La alentaba, la llenaba de proyectos a cada instante.
Con el tiempo se instaló en la cabeza de Estefanía la idea de dejar su profesión para entregarse completamente a él. Conformar una familia, ser una esposa fiel, corresponder al modelo de una atenta ama de casa.
En ocasión de uno de los aniversarios, Germán le dio como presente una tobillera tailandesa que se unía a cuatro deslumbrantes anillos para los dedos de los pies. Era una encantadora y exclusiva pieza que maravilló a Estefanía. Fue el detalle que le permitió decidirse por su proyecto de vida doméstica y delicada esposa.
Estefanía organizó una cena especial e íntima donde comunicarle a Germán su decisión de entregársele completamente y sin reservas. Esa misma bailó por última vez y luego de los aplausos le comunicó a la compañía de la que formaba parte sus deseos de retirarse para formar una familia junto a su amor. Aquella inmolación de cambiar la gloria por amor humano, no le preocupaba.
Durante la cena ella no tardó en anunciarle su plan conyugal. Él le respondió que sí, incluso entre lágrimas. Estefanía usó toda la noche la deslumbrante tobillera como si se tratase de un regalo de compromiso.
En medio de promesas de eterno amor Estefanía se quedó dormida. Cuando despertó tenía la sensación de haber dormido por mucho tiempo, como las veces que alguien despierta de un sueño muy profundo.
Con gran confusión se dio cuenta que se encontraba atada a una cama y al instante con espanto descubrió que le habían amputado ambos pies a la altura de los tobillos.
Junto a ella había un teléfono, con el que llamó pidiendo auxilio. Quienes acudieron en su ayuda, descubrieron sus pies en el congelador de la heladera. Uno de ellos tenía puesta la tobillera tailandesa. Entre los restos de la cena que habían tenido, una nota escrita a mano explicaba:
“No quiero ni necesito tu entrega. Quedate con tu vida. De paso, ya que no los querés más, te corto los pies que me dijiste que me entregabas como ofrenda de tu amor. Creo que no te molestará lo que haga con ellos, en definitiva son mi propiedad.
No me busques. Un beso,
Germán”
Como en la otra oportunidad Germán nunca más apareció. Estefanía, desde su invalidez, intentó hacer muchas cosas, en las cuales no tuvo ningún éxito y siempre terminó desistiendo. Su familia se encargó de atenderla hasta que murió. Durante toda su vida guardó la tobillera tailandesa que Germán le había obsequiado.
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La tercera y última historia que se conoce de Germán se desarrolla en medio de un mundo de vanidades descontroladas. Todo comenzó cuando conoció a Emily, una adolescente realmente hermosa y cautivadora que había comenzado una ascendente carrera como modelo publicitaria.
Emily era en definitiva una adolescente indefensa. Con una familia ausente y diluida en miles de problemas, su único referente era su representante. Germán por entonces llegó a ella en nombre de una empresa que deseaba contratarla. Desde un inicio la llenó de regalos y una cantidad de cuidados poco habituales en la vida carente de afectos que llevaba Emily.
Después de tres cenas llenas de galantería, Emily despertaba abrazada a Germán completamente seducida por la seguridad y la estabilidad de su galán de turno. Desde entonces la historia fue la de un idilio de cine. La joven alocada enamorada completamente del estable hombre maduro.
El correr del tiempo demostró que Germán era casi omnipotente frente a Emily. Sus pedidos se obedecían sin ningún tipo de resistencia. Ese subyugamiento era incluso una respuesta cargada de placer.
Con ese diagnóstico, Germán no tardó en diseñar su plan para la oportunidad. Como final de una fiesta descontrolada le propuso a Emily usar drogas para aumentar el gozo. Emily sentía un descontrol absoluto de su voluntad, obedecía cada pedido de Germán.
Los cuadros psicodélicos se continuaban sin interrupciones. Ella danzaba en medio de colores y formas que no lograban parar. Le fue casi imperceptible la presencia de unos perros que ladraban sin parar en el patio a donde daba el balcón sobre el que bailaba desaforadamente. Tampoco notó el momento en que Germán rompió una botella de champagne y comenzó a realizar cortes por su cuerpo.
El torbellino de confusión seguía, integrando el ardor de los tajos, la salpicadura de la sangre y el ladrido descontrolado de los perros.
El juego macabro se fue tornando en arrancar pedazos de piel y arrojárselos a los hambrientos perros que saltaban desesperados por tomar un trozo entre sus dientes. Sin conciencia de nada, Emily se desplomó en el piso aniquilada.
Al despertar se encontró en un hospital con el cuerpo lleno de heridas y su cara completamente vendada. Las heridas en su rostro eran irreparables, había perdido completamente la sensibilidad e incluso la posibilidad de articular. Los médicos le explicaron que aun el más evolucionado transplante de rostro, solamente podría auspiciar de una especie de máscara sobre aquel cráneo ultrajado que había conseguido en las locuras de la noche.
Desde entonces su vida se dedicó a esperar el fin que la alivie. Como ingresó al hospital bajo el efecto de poderosas drogas, la justicia nunca terminó de expedirse en cuanto a la responsabilidad de un tercero. Su familia, como era de esperar, nunca se hizo totalmente cargo. Su representante, en ausencia del negocio, desapareció.
Emily, con dificultades incluso para comer y su rostro de monstruo, fue llevada a un asilo público donde se alojaban ancianos y distintos enfermos con incapacidades para llevar una vida por sus propios medios. En un estado casi de indigencia, Emily murió a los cinco de años de estar internada.
Germán, como en los casos anteriores desapareció. Nada se sabe de él, ni del lugar donde estará buscando placer.
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